Hoy traigo a colación un tema de candente actualidad y que ha desembarcado en nuestras vidas con tal poder de captación que pudiera parecer sectario y que sin embargo le rendimos pleitesía mientras le damos carta de naturaleza.
Son las redes sociales, que atendiendo al nombre en su literalidad viene a significar un grupo de personas unidas por medio de la interactuación entre sí y a lo que habría que añadir un medio que en este caso es lo que gusta llamar "la aldea global".
Hablando en términos mucho más coloquiales podemos decir que las grandes firmas tecnológicas ayudadas como no por cerebritos recalcitrantes, han puesto a nuestra disposición una forma de estar en constante contacto con nuestros semejantes sin tener la necesidad de que las personas tengan el más mínimo roce corpóreo y que acaban abandonándose a lo etéreo y no tangible.
No puedo negar que yo mismo soy un esclavo de uno de esos sistemas de comunicación en los que los amigos me aparecen en forma de solicitud de amistad y que me abren sus entrañas de ceros y unos con la sencilla maniobra de pulsar una casillita que reza "aceptar"
Uno que ya va echando conchas a su espalda a base de los golpes recibidos en la vida, puede darse cuenta de la gran mentira que se esconde detrás de todo este conglomerado de redes y que aún cuando también ha mordido la manzana del pecado original, hace verdaderos esfuerzos por escapar a sus entramados de falsedad, cinismo e hipocresía.
Sé que algunos me tildarán de carca, retro y otros muchos adjetivos que no por conocidos me resbalan con mayor gusto, ahora bien, a mi también me asiste el derecho de presentarles mis respetos y coger las de Villadiego.
"Cuenta la parábola que un día un hombre quiso comprobar la lealtad de sus mejores amigos para lo que cogió un saco y metió en él un ternero muerto y de tal guisa se presentó en la casa de uno de sus mejores amigos. Al abrir la puerta el hombre dijo a su amigo que había matado a un hombre y que necesitaba esconderse mientras pensaba que hacer con el saco que le delataba. Alarmado el amigo, le reprendió y expulsó a patadas de sus casa. De nuevo el hombre llamó a la puerta de otro amigo con el mismo argumento y nuevamente no encontró en él más que repudios y golpes. Entrada la noche, el hombre, ya cansado, triste y temeroso, llamó a la última de las puertas que ya le quedaban y para su sorpresa su amigo le abrió la puerta de par en par, le dio cobijo, comida y paternal tratamiento. El hombre agradecido contó a su amigo la verdad y prometió colmarle de riquezas y parabienes".
Ahora me gustaría abordarles con la siguiente pregunta ¿Cuantos de los amigos que figuran en su lista de contactos actuarían como la última persona de esta parábola?
Después de responderse a sí mismos, les ruego tomen el tiempo necesario para borrar los amigos que seguro sobran de su abultada lista.
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