Cómodamente sentado en mi achacoso sofá, enciendo el televisor con el ánimo de escudriñar atentamente cuantas noticias me proponga el noticiero de turno. Poco a poco, Morfeo se va apoderando de mi ser hasta tal punto que prácticamente no queda un halo de consciencia en mi cuerpo.
De repente algo hace que mi amigo me abandone apresuradamente para permitirme fijar mis sentidos en el flujo de luz que se adivina justo en frente de mi.
Me froto los ojos algo incrédulo y observo no sin sobresalto, como el presentador habla casi divertido de un parquímetro para prostitutas. Como quiera que mi ser había abandonado por momentos este mundo, vuelvo de nuevo con más interés si cabe sobre la verborrea de mi informador para escuchar que en la ciudad de Bonn (Alemania para los más despistados) han colocado unos parquímetros para que las prostitutas de la calle puedan abonar su tasa correspondiente y en consecuencia proceder a su labor habitual con la tranquilidad de que no será retirada de la vía pública por la grúa correspondiente.
La escena resulta cuando menos chocante. Una serie de tabiques de madera separan los apenas diez metros cuadrados que mide tan ignominioso lugar y en el que se alza cual Torquemada de turno el inquisitorio parquímetro de la lujuria. Es ahí donde las abnegadas trabajadoras del servicio público abonan los seis euros del ala cada noche para poder ejercer tan prosaico cometido sin miedo a ser sancionadas por el erario público.
Ya despierto por completo y con Morfeo en la cola del INEM (más que nada para acompañar a los cinco millones y medio de parados) se agolpan en mi cabeza algunas dudas que no consigo resolver:
¿Quién se encargará de solicitar el ticket, revisarlo y proponer la correspondiente multa de haberse sobrepasado el horario establecido?
¿Será el Inspector de Hacienda o alguno de sus voluntariosos secuaces quienes comprueben la calidad de los servicios ofrecidos y el grado de satisfacción obtenido por el ciudadano?
¿Verémos por las calles de Bonn alguna prostituta arrastrada por algún servicio municipal, mientras su licencioso cuerpo va dando vueltas por el asfalto en su recorrido hasta el apresamiento más cercano?
Ante el aturdimiento al que soy sometido, opto por librar a Morfeo de su estancia en el infierno y le invito a sestear conmigo a sabiendas de que ninguno de los dos necesitaremos ningún tipo de ticket para disfrutar de nuestra mundana siesta.
Ver para creer ¡¡¡
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