martes, 6 de septiembre de 2011

EL EFECTO SUPERMECADO

No me considero docto en la materia, y aún menos especialista en el análisis de la mente humana, pero los años de experiencia que jalonan mi curriculum como padre de familia, me autorizan cual el Freud más versado, a reflexionar sobre un hecho que observo con cierta frecuencia y que no por conocido deja de interesarme, estoy hablando del "Efecto Supermercado"
Quizá muchos de Ustedes piensen que les voy a soltar una perolata económica acerca de los precios del pepino (español por cierto) o de lo inasumible que resulta para una familia de clase media - término que siempre me ha resultado hilarante ya que al menos yo sólo conozco dos clases, a saber, los ricos y los pobres - llenar el carrito de la compra sin pensar que en esa garganta profunda de hierro enrejado, se esfuman nuestros euros a la velocidad con que la abnegada cajera, elimina, generalmente desidiosa, los ceros de nuestra cuenta corriente.
Pues metidos en harina y nunca mejor traída a colación por el tema al que me refiero, me gustaría ponerles en situación. Absorto entre filas de galletas, cereales, barritas quema grasas y otros farináceos parientes cercanos, me fijo en una pareja con dos niños de corta edad que divertidos corretean alrededor de su madre ajenos al sufrimiento que padece esa mujer cada vez que extiende su brazo para alcanzar un nuevo producto que merme sus maltrecha economía.
Continúo con mi aburrido deambular en busca de las cerillas que nunca encuentro sin hacer un safari de tres días, y de nuevo topo con la señora y sus divertidos niños. La escena aunque repetida me transmite un sabor diferente. La buena mujer ya no sonríe y sus ojos tienen un brillo que me llama poderosamente la atención. Nos cruzamos y mientras la observo uno de los niños me golpea sin malicia lo que me resulta divertido y lo agradezco con un pequeño pellizquito en su ya sonrosada mejilla.
Al rato, y totalmente olvidado el encuentro anterior, escucho una voz atronadora que deja mi corazón a punto de emprender la huída por mi orificio bucal. ¡Dios mío¡ ¿Que ocurre? me pregunto y asomándome al pasillo contiguo encuentro a la señora que nos ocupa con los ojos totalmente salidos de su órbitas, echando espuma por la boca a la vez de no sé que improperios que ni el Mourinho de turno sería capaz tan siquiera a imaginar. Acababa de ser presa del "efecto supermercado".
Seguro que alguna vez han presenciado este fenómeno que se da cuando la paciencia de un progenitor llega a tal límite que al rebasarla pierde totalmente el sentido, las formas y si me lo permiten hasta la razón y como consecuencia se abalanza decibelio en ristre contra todo aquel que le rodea, que generalmente son los niños que inocentes por lo que son, tan sólo niños, no comprenden como quien otrora tanto les amaba, desea ahora desterrarlos de la faz de la tierra.
Psicológicamente no es pernicioso si no se abusa de él, por lo que si alguna vez lo han sentido o han caído en las garras de este peculiar fenómeno, duerman tranquilos, las doscientas personas que le habrán observado comprenderán que un niño es capaz de llevar a locura transitoria a cualquier mortal, incluido a quien suscribe.
¡¡Bendita inocencia¡¡

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