Preparando no hace mucho uno de mis trabajos fotográficos - afición de la que soy prisionero por culpa de un mal amigo - caí en la cuenta de lo mayor que me estoy haciendo ya que buscando productos de tiempos pretéritos pude comprobar como o bien habían desaparecido por el transcurrir del inexorable paso de los años o bien estaban en manos de coleccionistas y cazatesoros.
Tengo que reconocer que la nostalgia se apoderó de mi al mismo tiempo que los recuerdos de mi infancia se agolpaban a borbotones en mi cabeza sin tan siquiera poder disfrutarlos con el debido respeto.
Que tiempos aquelos en los que ir a la tienda era un acto de fe, pues muchas veces no sabías a por lo que ibas y menos con lo que volverías a casa. Eran tiempos de contacto personal, afable y ameno aunque siempre estaba el cascarabias que si podía te tiraba de la oreja por tan sólo mirarle.
Cuantas veces en mi infancia pueblerina me tocó ir a por los recados o a por el mandado que mi madre había hecho al carnicero el día anterior. Que bonita expresión para describir lo que ahora llaman hacer la compra o ir al hiper, ese lugar donde generalmente te encuentras con quién no deseas y gastas lo que no debes sólo por estar al alcance de la mano.
Si pudiera, vovería a mi infancia para coger la lechera de hierro abollado por los innumerables golpes que le dí mientras iba de camino de la lechería de la Dora para recoger ese oro blanco que entonces llamábamos leche y que ahora dan por llamar calcio vitaminado, soja y otras zarandajas.
En fin, como pueden ver me hago mayor y para hacer honor a mi cuarentona edad, empiezo a chochear con recuerdos del abuelo cebolleta. ¡Son tan bonitos!
Para rememorar aquellos tiempos os dejo un recuerdo gráfico que muchos conoceréis por haberlo sufrido en vuestras propias carnes y otros en cambio ni tan siquiera habréis oído nunca su nombre ni sabríais como usarlo sin hacer un estropicio.
Dios salve a la Reina ¡¡¡

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