Antes, cuando me juntaba con un amigo o amiga (por contentar a las Pajines de turno) al que no había visto hacía tiempo o que había perdido de vista por los avatares de la vida, lo primero que se me venía a la cabeza antes de nada era el hecho de saber como se encontraba, cual era su estado de salud y como diría aquel, si las lesiones de la vida le iban respetando.
Yo, que ya voy teniendo una cierta edad (que bonito término para describir a los maduros) y por ende vivido ya unas cuantas batallas, he podido observar que este hecho social ha cambiado radicalmente y que lo que antes era lo más importante, ahora queda en un segundo plano para dejar paso a algo a lo que ya nos hemos acostumbrado de tal forma que lo damos por natural y en consecuencia como pregunta obligada.
Sí, quizás alguno ya lo habéis intuido. Me estoy refiriendo a la crisis, esa especie de recreación de Lucifer que apostado en cada uno de nuestros puestos de trabajo, espera pacientemente la caída de un nuevo pecador que llevarse a gozar de las cálidas estancias de su satánica morada.
Y es que ahora ya no preguntamos el tan socorrido ¿como estas? Lo primero que escupe nuestra poseída boca sólo tiene un objetivo que no es otro que saber si la crisis te ha llevado por delante o si las lesiones que acarreas, darán con tus huesos yaciendo en el suelo tan pronto como la luna logre alcanzar su máximo esplendor.
Y como el ser humano es como es - y eso si que no tendrá solución - respiramos profundamente aliviados al saber que nuestro amigo sigue entre los elegidos esperando que el juicio final llegue en forma de Salvación Económica sin haber tenido que perder su condición humana a los pies del yugo mortificador.
Entretanto, otros, aunque no muchos, todavía preguntamos ligados a nuestra ignorancia por la salud de nuestro amigo, lo que al fin y a la postre es lo único que le va a permitir solventar cualquier situación que le depare la vida, pues como ya dijera Viktor Frankl "Quién tiene una razón para vivir, encontrará el como".