lunes, 19 de septiembre de 2011

COMER SUCIO

He de reconocer que soy bastante rarito, a veces excéntrico y en algún caso incluso insoportable, pero que le voy hacer si la vida me hizo así. Soy de ese tipo de personas que se lava las manos unas cincuenta veces al día y aunque ya sé que es malo para el ph de la piel e incluso está diagnosticado como un trastorno mental, no puedo dejar de hacerlo.

Esto último viene a cuento de lo mal que llevo el tema de la suciedad en los servicios públicos y en los bares y restaurantes a los que acudo, pocos en el caso de los últimos y varios en el caso de los anteriores.

Siempre me ha llamado la atención la cuidada escenografía de muchos bares y restaurantes, con vajillas de formas y colores picasianas, cubiertos de difícil engranaje y cocina minimalista al estilo del mejor Tamariz de la época.

La atención por lo general esmerada, educada y atenta, con ademanes de malabarista en ciernes y cierto tono paternal que te invita a alternar con el sirviente, dicho esto desde el más profundo de los respetos.

Pero tanta pomposidad y grandilocuencia tiene truco y eso es lo que a mi no me acaba de gustar por mucho que esté previsto en el programa lúdico del recinto. Tengo por costumbre antes de sentarme a la mesa, seguir los consejos que mis sabios papas me dieron cuando apenas levantaba una cuarta del suelo y vestía pantaloncitos cortos con aquellos horribles zapatos negros de hebilla plateada y es lavarme las manos.

Podría hacer un análisis comparativo de la relación existente entre la calidad del establecimiento, en referencia al excusable que presenta, pero pudiera pecar de injusto ya que seguro que en algún lugar rompen la norma y me sacarían los colores.

No obstante y siendo atrevido por la experiencia acumulada, puedo decir que los servicios -al menos el de caballeros que es el que por mi género me toca utilizar- son denigrantes, descuidados y si me apuran hasta faltos de ética.

Seguramente se estén preguntando porque introduzco la ética en este cuento. Pues resulta sencillo ya que y por citar un ejemplo, no me parece ético que mientras estoy lavando mis trabajadas manos, tenga que estar escuchando al señor de turno como, sentado en ese tipo de armarios con huecos por todas partes, ventorrea mi tranquilidad a la vez que defeca con victorioso estruendo.

Y no quiero entrar en temas que puedan herir susceptibilidades por eso citaré otros defectos como no tener forma alguna con que secarte las manos, no tener un humilde jabón con el que resetear el ph natural de mis manos, por no hablar de los engrudos de serrín húmedo que con exitosa puntería mancha tus zapatos sin piedad alguna.

Lo siento, soy así, seguro que muchos de ustedes pensarán que exagero, que he perdido el sentido o que quizás al único sitio que voy es al McDonalds, pero no, les aseguro que de vez en cuando y siempre que mi economía me lo permite, visito algún local que aunque sea por su aspecto parece albergar ese lugar que por fin me colme de satisfacciones.

Señores hosteleros, piensen por favor en este humilde chalado y comiencen su esmerado servicio por ese lugar que generalmente nunca encontramos y que cuando lo hacemos es para salir corriendo.

Gracias !!

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