Buenos días, ¿que desea?, pregunta atenta la dependienta. Un ramo de rosas rojas, por favor, contesta al otro lado del mostrador, un larguiricho muchacho que despunta vigoroso sus veintipocos años.
Nuestro protagonista sale victorioso de la tienda y cual príncipe del medievo, sube a su metálica cabalgadura para llegar sin más demora, a los pies de su amada, que con una luz celestial en su rostro, espera la llegada de su amado al abrigo de un quebradizo resguardo en forma de sombrilla versallesca.
El encuentro de los amantes es enternecedor. Él, le ofrece su tesoro tan emocionado como nervioso, ella, alarga su mano para recoger agradecida el presente mientras sus ojos despuntan brillos de salada emoción que luchan por no brotar en forma de lágrimas incontenidas.
La escena descrita me trae recuerdos entrañables. Yo una vez también fuí príncipe y al igual que el larguirucho protagonista, también llevé un florido presente a mi amada.
Hoy, tras veintimuchos años de convivencia, el príncipe se ha cansado de cabalgar y la amada, complaciente, ya no espera la llegada de su amado enfundado en halos de amoríos desenfrenados.
Entretanto, las rosas viajan nuevamente ilusionadas en busca del regazo que les de calor, protección y cariño.
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