miércoles, 5 de diciembre de 2012

ENTRE MAMAS Y PAPAS


Estoy harto lo reconozco ¡¡

Y eso que intento hacer cada día un ejercicio de superación personal para vencer la rabia que me produce ver como nuestra juventud no tiene ni desea tener, ningún compromiso que vaya más allá de comer, dormir y enviar whatsapps.

Sé que es un grave error meter en el mismo saco a todas o varias generaciones de presos de un programa hormonal en continuo desarrollo y que por ello me lloverán las críticas de los notables sociópatas que me dirán que generalizar no es correcto y quizá ni saludable.

Pero ¿Cómo he llegado a este hartazgo os preguntareis? Fácilmente. No hace muchos meses se me ocurrió la brillante idea de rememorar viejos tiempos y sacar del armario mi apolillado chándal, mi silbato, y los borceguís con los que tantos y tantos kilómetros corrí por aquellos endiablados campos de dios, para entrenar a un grupo de preadolescentes barbilampiños en plena tempestad emocional.

Os juro que si no he tirado la toalla es porque me gusta cumplir mis promesas, pero a fe os digo que si no fuera por ello a estas alturas estaría con un caldito caliente y una bata calada hasta los dientes, haciéndome fuerte tras la puerta de mi salón.

Pero no creáis que luchar con ellos es lo que me hace flaquear; no es su falta de compromiso ni su poca o nula exigencia en el trabajo lo que me atormenta, lo verdaderamente duro, lo que mina mi infinita paciencia es tener que jugar a mamás y papás todos los días.

Sin rememorar los cuentos del abuelo Cebolleta, recuerdo como éramos los niños de antes y pienso ¿si yo hubiera tenido todo lo que tienen estos ahora? Los tiempos cambian, sí; la sociedad también, lo acepto, pero de ahí a lo de ahora me parece, y perdonen mi expresión “un descojono”.

Papás que quieren ser en sus hijos lo que no pudieron ser ellos cuando les correspondía, mamás que corren detrás de sus hijos a golpe de Dalsy, Bisolvón y una rebequita para que el niño no se enfríe y eso, sin entrar en el tenebroso mundo de las envidias, las desigualdades y los agravios comparativos que darían para escribir un libro entero.

En fin, que estoy harto, pero mientras no me quede otro remedio entrenaré entre mamás y papás con la ilusión de no salir muy trasquilado.

Por cierto, pido perdón si he ofendido a alguien.

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