A simple vista esta es una pregunta que cualquiera de nosotros nos hacemos varias veces a lo largo de una semana cuando llegamos al abrigo de nuestro caprichoso pisito.
Precisamente hoy y tras conseguir dar con ellas como perdiguero en plena jornada de pluma, me he sentado por un momento en mi sofá dejándome llevar por un pensamiento que hasta ahora no había tenido pero que de repente se ha instalado en mi mente y que arrastra tras él un halo de profundo alivio y a su vez de solidaridad y pena.
Nunca me había parado a pensar lo afortunado que soy de gozar del calor de una familia en el más amplio sentido de la palabra, aunque más aún si cabe, del hecho de tener un techo donde poder disfrutar junto a ella de los momentos más importantes de mi vida.
Como a casi todo hijo de vecino, nadie me ha regalado nada, no he tenido la suerte de nacer en el seno de una familia acaudalada y por tanto cada ladrillo, cada centímetro cuadrado de pared, cada tarima, cada mueble, cada objeto, etc, lo he conseguido gracias al esfuerzo personal tanto mío como de mi santa esposa.
Y es precisamente ahora, cuando la crisis económica ataca con cruel dureza a miles y miles de hogares en el mundo entero, cuando siento que la vida esta siendo justa conmigo, que no tengo derecho a plantearle ninguna queja por mucho que alguna vez me haya puesto algunas zancadillas traicioneras que una vez superadas dejan pequeñas cicatrices en mi y que algunos días me recuerdan que nada es fácil ni gratuito y que sólo el paso del tiempo consigue cerrar.
Pórque ¿que hay más injusto que no tener una vivienda digna para crear en ella una familia, llenarla de sentimientos, vivencias, calor humano etc?
Sé que bajar a la casuística personal de cada uno de los miles y miles de casos de desahucios, abandonos, familias desesectructuradas es cuando menos una frivolidad por mi parte; realizar un juicio de valor como se acostumbra a hacer fácilmente una temeridad irrespetuosa, pero lo que si puedo y me creo en el derecho de hacerlo, es tener un recuerdo para todos ellos, conocidos algunos, anónimos la mayoría que, un día como el de hoy, un día gris cualquiera, no tienen la fortuna de sentir ni compartir lo que yo siento
Mientras, me arropo al cálido abrigo de una agradable manta, observo una fotografía de una familia que emerge en lo alto de una estantería de madera noble y siento un escalofrío helado al pensar como sería su vida si algún día les faltase el reguardo de nuestros cuatro ladrillos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario